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La historia secreta del ping-pong

¿Sustituirá el Futbol al ping-pong?

(130210) — BEIJING, Feb. 10, 2013 (Xinhua) — In this file photo taken on April 9, 1961, Zhuang Zedong (R) competes in the men’s team finals of the 26th World Table Tennis Championship in Beijing, capital of China. Zhuang Zedong, a former Chinese table tennis player known for his participation in Sino-U.S. Ping-Pong Diplomacy in the 1970s, died at the age of 73 in Beijing on Feb. 10, 2013. (Xinhua/Zhang Hesong) (lmm)

 

La primera vez que pude vislumbrar que esto del estudio del chino podía terminar sirviendo de algo práctico y remunerado fue durante los Juegos Olímpicos de Barcelona de 1992. La Radio Televisión Olímpica (RTO’92) me contrató como jefe de sede en el pabellón de l’Estació del Nord donde se celebraban las competiciones de tenis de mesa. Me pasé una semana arriba y abajo, persiguiendo inútilmente por el perímetro de las pistas a los equipos de televisión de la China continental, de Hong Kong y de Taiwán, que alternativamente y de forma concertada me esquivaban, blandiemdo cámaras y micrófonos, ante los fútiles intentos de impedir que filmasen e hiciesen entrevistas a pie de pista, en vez de ir a la zona mixta asignada.

Ivor Montagu

A pesar del grado de experiencia adquirido a través de este trato directo con el pingpong profesional, yo, como casi todo el mundo, daba por sentado que el ping-pong es un deporte atávicamente chino, jugado a la sombra de los naranjos en flor por mandarines y letrados ociosos en las mesas imperiales desde tiempos remotos y confucianos, pero resulta que no. Con dataciones y relatos diversos, y a veces contradictorios, la exploración de sus orígenes nos remite de forma invariable a las islas británicas. Con el libro de Nicholas Griffin, Ping-pong Diplomacy (Simon & Schuster, 2014) descubrimos cómo este deporte se hizo un lugar en el siglo XX de la mano de un aristócrata británico, Ivor Montagu, que desde los años treinta trabajó de espía para los servicios secretos soviéticos, con el punto de impunidad que le daba ser hijo de un lord. Fundó la Asociación de Amigos del Cine Soviético, ingresó en el Partido Comunista Británico, parece ser que acompañó a Sergei Eisenstein a Hollywood, y cuando los agentes del M15 ya habían reunido pruebas suficientes como para detenerlo, salió inmune gracias a una carta a las altas instancias gubernamentales. A partir de la organización de los primeros torneos Cambridge-Oxford, el aristócrata izquierdista Ivor Montagu reguló las normas del deporte y creó la Asociación Internacional de Tenis de mesa. El nombre ping-pong -que no tiene tampoco que ver con el chino- quedaba descartado para designar oficialmente este deporte, al haber sido ya previamente registrado por un fabricante de juguetes.

Durante la guerra fría, los espías británicos del M16 trataban de no perder la pista del aristócrata pro-soviético cuando se paseaba por Asia, por América y por Europa del Este y del Oeste en nombre de la Internacional del ping-pong y también de la World Peace Organization. A pesar del ostracismo diplomático en que se encontraba en 1953 la República Popular China de Mao (con su participación indirecta pero masiva en la guerra de Corea del Norte contra la del Sur, los EUA y la ONU), Ivor Montagu logró que China participara en el campeonato internacional, mientras Taiwan quedaba fuera. Seis años más tarde, en 1959 un chino ganaba el primer campeonato en modalidad individual masculina. Ivor Montagu consiguió que las autoridades chinas aceptaran la invitación de organizar el torneo internacional del año 1961. Es entonces cuando explota la fiebre china del ping-pong. Mao había embarcado al país años atrás en la insensata aventura del Gran Salto Adelante, que provocó una gran hambruna que se calcula que, como mínimo, costó más de treinta millones largos de muertos de hambre en sólo tres años. En este contexto de penuria y tensión social latente, la organización de este evento deportivo internacional galvanizó las energías de las autoridades chinas. El triunfo chino ante el equipo japonés fue épico y convirtió el ping-pong en el deporte nacional chino.

Mientras tanto, en la isla de Taiwán, el deporte que reaparecía con fuerza y se proyectaba hacia la élite mundial no era el ping-pong sino el beisbol (en una posición de dominio compartida con los USA, Japón y Cuba). La querencia taiwanesa por el beisbol no deriva, como podría parecer a primera vista, de la influencia de los asesores o los soldados de las bases militares norteamericanas, sino del repunte de una práctica ya muy extendida durante el periodo de dominio colonial japonés. El beisbol había echado raíces en el imperio japonés desde la era Meiji, en el último cuarto del siglo XIX, cuando lo introdujo un profesor norteamericano en la Kaisei Gakko, actualmente conocida como Tokyo University.

Sin embargo, la euforia china por el ping-pong duró apenas unos pocos años. En medio de los primeros latigazos de la Revolución Cultural, en 1966 se purgó el principal impulsor del ping-pong en China, el mariscal He Long. Cuando los miembros del equipo de tenistas de mesa volvieron de un torneo internacional, en vez de recibir la habitual y calurosa recepción de masas y ramos de flores en el aeropuerto de Pekín, fueron todos ellos detenidos. Se les acusó de burgueses y de trofistas (es decir aquejados de una ambición enfermiza por la obtención de medallas y trofeos), se les acusó de espionaje por su constante deambular internacional. El entrenador Fu Qifang y uno de los campeones “fueron suicidados” en el proceso de torturas de los interrogatorios y del escarnio público. Todos los que sobrevivieron fueron enviados a remotas granjas de reeducación por el trabajo. La furia iconoclasta de los jóvenes guardias rojos encontró en las miles de mesas de ping-pong que había esparcidas por China una alternativa razonable a la sistemática diversión destructiva del patrimonio histórico.

Dos circunstancias internacionales paralelas marcaron el regreso del ping-pong chino al máximo protagonismo. Por un lado estaban los miedos de Mao Zedong a recibir un ataque sorpresa soviético, tras los enfrentamientos puntuales en la frontera sino-soviética de 1969; y por el otro la plena conciencia de Nixon y Kissinger de la absoluta imposibilidad de ganar la guerra de Vietnam en el frente interno y externo. La conjunción de ambos procesos, condujo a una extraña alianza sino-americana, marcada por el enemigo soviético común. Kissinger y Nixon se acercaron a Zhou Enlai y Mao Zedong a través de la mediación del presidente paquistaní Yahya Khan, que conseguía así de paso un plus de impunidad en sus intentos genocidas contra los bengalíes del “Pakistán del esteque estaba a punto de independizarse como Bangladesh.

El primer movimiento visible en esta insólita aproximación, fue la invitación a visitar China que se hizo al equipo de tenistas de mesa estadounidenses que debía participar en el mundial de Nagoya de 1971. Se trataba de la llamada diplomacia del ping-pong. En paralelo, Zhou Enlai convocó en la capital a los antiguos campeones chinos: se les hizo dejar de inmediato las azadas y retornar a su actividad deportiva para prepararse a fondo para el encuentro deportivo sino-americano. El protagonista de la diplomacia del ping-pong por parte estadounidense evidentemente no fue Forrest Gump, sino el deportista Glenn Cowan. La coreografía perfectamente estudiada por las autoridades chinas hizo que todas las portadas internacionales reprodujeran el apretón de manos entre el campeón chino Zhang Zedong y este jipioso y melenudo tenista de mesa, que llevaba una camiseta en la que había un signo de la paz, donde se veía también una bandera estadounidense y la divisa de los Beatles: “Let it be“.

El posterior destino de Zhang Zedong y Glenn Cowan marca el trazo cruel de una paralela e implacable caída en desgracia. En el caso de Glenn Cowan, la posesión de estupefacientes le sacó pronto del circuito, y acabó en la calle, viviendo en la indigencia, durmiendo en un coche destartalado. En el caso de Zhang Zedong, nunca fue visto con agrado por Mao. En una audiencia con Nicolai Ceaucescu el 3 de junio de 1971, Mao declaraba que el joven deportista chino había sido criticado por su ambición de ganar siempre. Reaparecía el fantasma del trofismo. A pesar de ello, la fama de Zhang Zedong le convirtió pronto en alto cargo deportivo, llegando a ministro de Deportes en 1974. En el contexto envenenado de la disputa sucesoria que enfrentaba a los partidarios de Zhou Enlai y Deng Xiaping por un lado, contra los seguidores de la mujer de Mao, Jiang Qing, y su Banda de los cuatro por otro; Zhang Zedong tuvo la mala fortuna de alinearse con la Banda de los cuatro. La defenestración de la viuda de Mao y su camarilla se llevó por delante en 1976 al tenista de mesa, que acabó de barrendero en oscuras calles de la provincia de Shanxi. Acababa así la era segunda y efímera era dorada del ping-pong chino.

Ahora que que Xi Jinping en persona ha impulsado la introducción del estudio del fútbol, de sus reglas de juego y sus estrategias, en el curriculum escolar obligatorio de la enseñanza primaria y secundaria china, sumándose así a los pioneros esfuerzos previos que representan instituciones como la Guangzhou Evergrande Academy, la mayor escuela de futbol del mundo, con 2.400 alumnos y 50 campos de juego, todo hace prever la prolongación de una nueva época gris para el ping-pong en China. De momento los resultados balompédicos se hacen esperar, pero una vez superado con nota el episodio olímpico, nuevas formas de diplomacia deportiva ligadas al balón de cuero están al acecho del futuro.

Fuentes de las imágenes:

http://www.britmovie.co.uk/

http://china.org.cn/

http://lucatraini.blogspot.com.es/

http://www.theguardian.com/

http://www.scmp.com/

Manel Ollé

Manel Ollé (Barcelona, 1962) Escritor y sinólogo catalan es profesor titular en historia y cultura de la China moderna y contemporánea en el Departamento de Humanidades de la Universidad Pompeu Fabra y coordinador del Máster en Estudios Chinos de esta misma universidad (http://www.upf.edu/mxina) Ha sido investigador Investigador visitante en varias instituciones entre ellas el National Research Centre of Overseas Sinology de la Beijing Foreign Studies University (BFSU Beijing) y miembro del Consejo Asesor de Casa Asia. Filólogo de Formación, se doctoró en historia y además de su trabajo en el marco del proyecto “Dinámicas imperiales: descolonización y transiciones imperiales”. Manel Ollé sigue muy de cerca la evolución de la sociedad civil y la cultura urbana tanto en China como en Taiwán fruto de la cual tiene diversas publicaciones entre las que cabe recomendar el ensayo Made in China (Destino, 2005) o La Xina que arriba. Perspectives del segle XXI. (Eumo, Vic, 2009 )

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