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Filosofía para todos

07 Filosofia

China es un ejemplo fascinante de permanencia cultural. Desde tiempos remotísimos las historia y leyendas hablan de la importancia de la estabilidad y la continuidad: no de las cosas sino de las ideas y de la cohesión intelectual, artística y filosófica. Esto ha sido logrado de forma admirable mediante una mezcla de la suprema importancia que se le ha conferido siempre el idioma así como de la idea de “hacer la cultura accesible a todos”, y está ejemplificado a la perfección en el cuento clásico del “Viejo tonto que movió las montañas” (愚公移山; Yúgōng yí shān):

Un viejo que vivía en una pobre región montañosa estaba insatisfecho, pues había dos grandes montañas frente a su hogar que hacían muy fatigosa la travesía entre su pueblo y el siguiente. Un día, reunió a su familia y les dijo, “Debemos hacer algo acerca de esto. Sería de gran ayuda para todos si pudiéramos quitar esas montañas de ahí”. Todos sus hijos se sintieron entusiasmados y le dijeron, “Padre, te ayudaremos. Eso traerá un gran beneficio a las dos aldeas.” Su esposa no estaba muy convencida, pues preguntó, “¿Dónde podrían poner esas montañas enormes, si es que intentan quitarlas de ahí?” Los hijos respondieron al unísono, “¡Es fácil, las llevaremos al mar!” Con esto, empezó la tarea.

Día y noche, el viejo y su familia iban a las montañas y llenaban carretas de piedras y tierra, llevándolas lejos. Los habitantes de la aldea, al enterarse de esto, se sintieron tan conmovidos por su voluntad, que se unieron sin vacilar al trabajo. Niños y ancianos, mujeres y hombres, todos ayudaban, sin miedo al cansancio.

Un día apareció caminando un viajero, que llevaba puesto su sombrero de erudito y parecía muy respetable. Viendo a toda la gente trabajar de esa manera, preguntó la razón y al enterarse, se rió y fue con el viejo, diciéndole, “¡Eres un viejo tonto! ¡Tu cuerpo ya está curvado por la vejez, apenas puedes levantar un par de piedras, y piensas que puedes mover esas dos montañas enormes y llevarlas al mar!”

El viejo rió y respondió, “Hasta un niño pequeño es mejor que tú. ¡Mírales trabajar! Aunque yo soy viejo y pronto moriré, tengo hijos que vienen después de mí. Y si ellos mueren, sus hijos vendrán tras ellos. Y así seguirán, y los descendientes de este pueblo jamás se acabarán. Esas dos montañas son grandes, pero no pueden hacerse más grandes. Cada vez que excavamos un poco, significa que se hacen un poco más pequeñas. Y de esta forma, ¿quién nos impedirá lograr nuestro objetivo un día? ”

El Emperador del Cielo, viendo la fe de este hombre, se apiadó de él y envió a dos espíritus a mover las montañas y dejarlas en otro lugar.

 

Este sentimiento de la importancia de la permanencia es algo que ha permeado el pensamiento chino a todos los niveles, desde los ritos de la corte y el confucianismo, hasta la tradición artesanal y por supuesto, el idioma, que como he dicho antes, ha sido base fundamental para codificar la historia y la mitología en un país que por milenios fue mayoritariamente analfabeto. Si bien la gran mayoría de los chinos no podían leer ni escribir, la tradición oral hizo siempre las veces de depósito cultural, con las compañías de teatro repitiendo y estructurando hazañas de héroes históricos y mitológicos, y la codificación condensada de episodios y sentencias éticas en expresiones idiomáticas (成语, chéngyǔ). La artesanía jugó un papel similar como depositaria de conocimiento ya que la época feudal de China se extendió mucho más allá de la europea, en donde el arte empezó a separarse de la artesanía, a rarificarse y a alejarse de lo popular, mientras que en China los artesanos comunes siguen desarrollando niveles técnicos mucho muy altos y reproduciendo rutinariamente las obras clásicas de todos los periodos históricos, lo que les da un sentido más de continuadores de una tradición, que de meros copistas.

Esto nos da un marco para lo que aconteció con el tema que nos ocupa: la filosofía. Esta palabra en Occidente ha estado casi desde siempre revestida de misterio e impenetrabilidad. Ya los griegos se ocupaban hace más de dos mil años de temas bastante abstractos y difíciles de asir para una persona promedio, como la naturaleza del tiempo o la esencia de lo que puede ser conocido. Términos como ontología y epistemología forman parte esencial de su estudio, y leer a pensadores como Kant ó Heidegger es realmente laborioso y a veces es más confuso que esclarecedor. La filosofía en Occidente es pues, en lo general, territorio de gente altamente educada y con gran capacidad de abstracción y análisis riguroso de los procesos mentales.

En China la filosofía es para todos.

Hay tres partes, a veces llamadas “pilares”, que forman la filosofía china histórica: taoísmo, budismo y confucianismo. En ocasiones han tenido desavenencias, en otras han sido vistas como partiendo de una sola fuente. Si dejamos de lado el budismo, que es esencialmente religioso e importado de la India, tenemos en las otras dos una manera de ver la sociedad humana (confucianismo) y una manera de ver el mundo y la naturaleza (taoísmo), que son en esencia filosóficas y no religiosas, si bien sí desarrollaron aspectos religiosos más tarde.

El escritor y pensador Lin Yutang, con su característico ingenio, dice que “los chinos seguido son juzgados como gente eminentemente práctica, pero también tienen un lado romántico que es más profundo aún; esta mezcla confunde a los observadores extranjeros, pero… el Taoísmo es la forma china de jugar, mientras que el confucianismo es el modo chino de trabajar.”

Desde luego que tanto Confucianismo como Taoísmo tienen sutilezas inacabables que tan sólo los eruditos pueden discutir entre ellos. Las prácticas meditativas más complejas, la elevación del espíritu entre las esferas más allá del mundo y los puntos más finos de la interacción humana han sido discutidos por pensadores de ambas corrientes y en una gran variedad de escuelas ramificadas. Pero las esencias de ambas las conoce cualquiera, desde el campesino hasta el profesor, el médico, el taxista y el bombero: cada cosa tiene un lugar donde funciona mejor, pero las cosas van cambiando con el tiempo y al final vuelven a empezar.

La doctrina confuciana de la estabilidad gracias a la “manera correcta de hacer las cosas” habla de las relaciones éticas entre los hombres, basadas en una extrapolación del amor que se da dentro de la familia; y el pensamiento taoísta dice simplemente que en el día se trabaja y en la noche se descansa, para volver a empezar mañana. Nada más simple, nada que no pueda ser entendido hasta por el último miembro de la sociedad.

El símbolo del Yin-Yang ha sido llamado “la mayor cantidad de filosofía para entender el mundo, puesto en la menor cantidad de espacio” y ha influenciado profundamente todas las manifestaciones culturales chinas: el ciclo de las estaciones es uno de los temas recurrentes de la pintura china que ejemplifica esta concepción sencilla del mundo, con una planta que florece en cada estación, a su tiempo (orquídea, bambú, crisantemo, ciruelo). Agua que se convierte en hielo y al cabo vuelve a su forma líquida; barro que es usado para hacer una pared, y que con el tiempo se derrumba y vuelve a ser polvo; todas estas son imágenes variantes de esa idea de eterna respiración, de sístoles y diástoles sugerida por el Yin-Yang; y no requiere de ninguna ontología compleja ni de minuciosas elucubraciones del rígido proceso lógico que tan sólo los expertos pueden seguir.

Esta es una de las formas más importantes que ha tomado la educación en China: la de la ejemplificación en base a cuentos, y sobre todo en base a algo que toque la fibra humana, al estilo de las fábulas de Esopo y muy alejada de las demostraciones metafísicas que son territorio de sólo unos pocos en Occidente.

La palabra china moderna para “filosofía” es哲学 (zhéxué) pero de hecho se refiere más bien a lo que entendemos en Occidente por ella, y de hecho no se aplicaba en tiempos clásicos al taoísmo, por ejemplo. O sea que en la sección de 哲学 de la librería podemos encontrar a Nietzsche y a Kierkegaard, pero a Lao Tse lo seguiremos hallando en una sección aparte, la de Taoísmo (道教; Dàojiào). Y está bien que así sea, porque ambas maneras de acercarse al conocimiento —lo puro y abstracto, y lo inmediato y humano— son partes de otro Yin-Yang que también puede complementarse. Es quizá cuestión de gustos, de temperamentos.

Pero mientras San Agustín, Schopenhauer ó Wittgenstein se devanan los sesos tratando de explicar cuál es la esencia del conocimiento, cómo se adquiere, cómo es representado y transmitido, si en realidad podemos saber las cosas que creemos saber y cómo se estructuran dentro del lenguaje, el budismo Zen (hermosa mezcla de taoísmo con budismo) nos da cosas así:

– Maestro, ¿qué debo hacer para ser feliz?

– Haz el bien, evita el mal. Come si tienes hambre, duerme si tienes sueño.

– Bueno, eso un niño de tres años lo sabe.

– Sí, pero tú tienes cincuenta y aún no puedes llevarlo a cabo.

Es más didáctico, por lo menos.

Referencias:

Lin, Yutang. My Country and My People. Londres: William Heine Mann Ltd., p. 111.

Nací en Monterrey, México, y estudié ingeniería y música aunque parezca estrambótico. En 1991 empecé a estudiar artes marciales y fue tanto el amor que me llevó a China en el 2000. Creí que venía por seis meses, pero fui aprendiendo el idioma y luego estudiando en el Centro Internacional Wan Lin Jiang de Economía y Finanzas. Al final terminé siendo profesor de economía, historia y kung fu (¡!) para extranjeros en la Universidad de Zhejiang, en la ciudad de Hangzhou. Mi interés siempre ha sido la educación y la divulgación entre China e Hispanoamérica, lo que me ha llevado a traducir libros clásicos chinos al español y ser tutor de negocios para gente que viene a estudiar a esta hermosa e inabarcable nación.

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