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Ya nadie se baja de la bici

06 La bici

China cambia y cambia bastante. Hay analistas que dicen que China es un bloque monolítico que avanza a velocidades glaciales, y para ser justos es cierto en muchos aspectos relacionados sobre todo con la estructura social y el quehacer político, que tienen más o menos tres milenios de manejarse de la misma forma. Pero hay muchas cosas más que cambian constantemente, en cuanto a cultura y educación, y quienes estamos aquí podemos verlo día a día.

Cuando cayó la dinastía Ming (明, 1368-1644) y fue suplantada por la Qing (清, 1644-1911) ocurrió un cambio radical: los Qing no eran chinos étnicos Han, sino manchués del noreste, y como símbolo de sujeción, decretaron para los hombres el uso obligatorio de la famosa trenza china, con la mitad de la cabeza rasurada. Esto fue en principio un símbolo terrible de humillación y muchos perdieron la vida por negarse a hacerlo, pero con el paso del tiempo se volvió una característica tan “china” que la mayoría de los occidentales tenemos la imagen del hombre chino con la trenza, pues fue durante el periodo Qing que la migración llegó a Occidente. Más tarde cuando cayó a su vez la Dinastía Qing, los hombres más progresivos se cortaban en público su trenza como símbolo de modernidad, aunque hasta hacía poco el cortarle a alguien el cabello hubiera sido profundamente humillante. Con el tiempo, el uso de traje y corbata, y el peinado partido por un lado originario de Occidente se hizo el estándar. En películas como “Once Upon a Time in China” (黃飛鴻, Huáng Fēihóng; 1992), situadas a fines del siglo XIX, podemos ver a personajes que usan ropa occidental que son ridiculizados por sus compañeros, pero para los años 20 en Shanghai era de rigor entre la sociedad moderna y para los 40s se había estandarizado por completo.

Así, a veces se dan grandes cambios que son muy aparatosos. La Política de Un Solo Hijo fue algo radical a mediados de los 80s pero hoy se asume como algo normal, a sólo 30 años de haber puesto de cabeza una tradición de milenios de “tener la mayor cantidad de descendencia posible”; las familias urbanas modernas, si se les da a escoger, lo piensan dos veces antes de tener un segundo hijo. Luego hay otros cambios que son modernizaciones de tradiciones, como el examen de admisión a la universidad (高考, gāokǎo) que no es sino una escenificación moderna de los temibles exámenes imperiales (科舉, kējǔ) y que siguen siendo igual de selectivos, por las restricciones de la educación superior en China y las necesidades de más técnicos y de profesiones que no requieren estudios universitarios.

Pero hay otros cambios que son los que me interesan y que se dan poco a poco, de manera orgánica y que a veces ni siquiera registran en la conciencia colectiva. Son los cambios acumulativos que va trayendo la modernidad, la relación constante con otras culturas, las formas nuevas de asumir el mundo.

La primera es la relación en público entre parejas. En novelas como “Un Momento en Pekín” (Lin Yutang, 1939) podemos ver descripciones muy vívidas del extremo recato con el que se conducían las relaciones hasta los años 30. Eso nos puede parecer muy similar a la cortesía tradicional en Occidente, pero cuando llegué a China en pleno año 2000, esta seguía siendo la regla imperante. En una preparatoria (COU) donde daba clase de inglés, una de las reglas explícitas es que los alumnos no podían tener novio. Una vez, paseando por el centro del pueblo en fin de semana, me topé con dos de mis alumnos que estaban discretamente tomados de la mano en un parque. Al verme se pusieron de todos colores, y la chica me rogaba que no les dijera a los maestros, a lo que por supuesto accedí. En otra ocasión, sentado a la mesa con varios maestros, uno de ellos me hizo saber que el profesor de inglés y la profesora de física estaban casados; a mí me sorprendió mucho porque a mí no me parecía que fueran siquiera pareja, y cuando les pregunté (torpemente) que por qué nunca se besaban o algo, me dijeron, “claro que lo hacemos, pero no frente a ti”. Hoy en día en las grandes ciudades lo más normal es que el recato en público sea lo que siga privando, pero la actitud va cambiando y es fácil verlo si uno observa la vida nocturna en Beijing ó Shanghai.

Más interesante aún es la forma de solucionar conflictos públicos. Digamos, por ejemplo, un accidente menor de tráfico. Hay dos ideas tradicionales que hasta hace poquísimo tiempo influenciaban de forma determinante el cómo se manejaba un tema así. Primeramente la reticencia histórica a involucrar a oficiales de la ley y el rechazo casi instintivo a ir a las oficinas de gobierno ó Yamen (衙門, yámén), por su proverbial corrupción. Ir ahí era meterse en más problemas que los que se querían solucionar y ejemplos sobran en la literatura y el cine: el clásico villano de la historia es un oficial corrupto. De modo que era común ver un accidente de tráfico con veinte personas alrededor y todas opinando. Pero de ninguna manera era considerado como el chismerío que sería en Occidente: los involucrados en el accidente de hecho eran los que pedían las opiniones, que con frecuencia eran zanjadas al final debido al segundo punto histórico: el pedir consejo a los ancianos. Después de un buen rato de estar discutiendo quién tenía que pagar los daños, alguna persona mayor era consultada si había visto el percance, y se hacía caso a su “veredicto”. Esto era cosa corriente en el diario, pero ha desaparecido casi por completo para dar lugar a las escenas que ya conocemos en Occidente: ambos coches detenidos en la calle, con los involucrados hablando en sus móviles con sus aseguradoras. Lo que no consiguieron los años duros del maoísmo, con su rechazo a todo lo tradicional y sus ataques a los “exponentes de las cosas viejas” lo van logrando nuestros modernos procesos burocráticos.

Finalmente, un cambio más, esta vez en una de las formas más antiguas de respeto público que seguían existiendo hasta hace muy poco. En la China clásica, era costumbre que un jinete, si no era de alto rango, debía entrar por una de las dos puertas laterales al lado de la puerta principal de un palacio y al hacerlo, debía desmontar de su caballo en señal de respeto al gobernante o soberano que lo ocupaba. Esta forma sobrevivió hasta más o menos 2005, cuando al entrar a las universidades, todos bajábamos brevemente de la bicicleta al pasar por la puerta principal. Algunos hasta tenían ya bien dominada la técnica de no poner los pies en el suelo, sino sólo hacer un “medio desmonte” pero seguir avanzando con uno de los pies sobre el pedal. Y de hecho si uno no hacía esto, el guardia de la entrada se levantaba para llamarle la atención al infractor irrespetuoso.

Hoy es prácticamente imposible ver esta curiosa y antiquísima cortesía. No hubo un decreto ni un ponerse de acuerdo colectivamente; fue algo que simplemente se dejó de hacer, quizá por considerarlo obsoleto o impráctico. Yo por lo menos sí extraño esa que consideré una bella forma de mostrar cortesía ante las instituciones educativas.

Nací en Monterrey, México, y estudié ingeniería y música aunque parezca estrambótico. En 1991 empecé a estudiar artes marciales y fue tanto el amor que me llevó a China en el 2000. Creí que venía por seis meses, pero fui aprendiendo el idioma y luego estudiando en el Centro Internacional Wan Lin Jiang de Economía y Finanzas. Al final terminé siendo profesor de economía, historia y kung fu (¡!) para extranjeros en la Universidad de Zhejiang, en la ciudad de Hangzhou. Mi interés siempre ha sido la educación y la divulgación entre China e Hispanoamérica, lo que me ha llevado a traducir libros clásicos chinos al español y ser tutor de negocios para gente que viene a estudiar a esta hermosa e inabarcable nación.

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