Lo último

Cultura

Focus

LA CHINA QUE YO CONOCÍ (1973-76). Primera parte

Jaime de Ojeda fue encargado de abrir la legación española en Pekín en 1973

Las relaciones entre España y la República Popular China cumplieron el pasado mes de marzo su 45 aniversario, con motivo de esta efeméride Yuanfang Magazine publicará, bajo el título “La China que yo conocí (1973-1976)” una serie de artículos del diplomático español Jaime de Ojeda y Eiseley, que fue encargado de abrir la legación española en Pekín y de recibir, como el mismo nos cuenta, a al primer embajador Ángel Sanz Briz , su secretaria Aurora Aranaz e Iñaki Preciado Idoeta, uno de los primeros traductores de la nueva sinología española. Historia viva de las relaciones entre España y China.

Imagen de la firma del acuerdo por el que se establecieron relaciones diplomáticas entre España y China por los embajadores Pedro Cortina y Huang Chen. FOTO EFE

Llegué a Pekín el verano de 1973 con la misión de abrir la primera embajada de España en la República Popular China. Entre los países occidentales, solo Inglaterra y Francia habían reconocido al régimen comunista, siguiendo una vieja doctrina de derecho internacional, tras su victoria en la guerra civil china en 1949. Tras la sensacional visita del presidente Nixon a Pekín, en 1972, el mundo entero se precipitó a reconocer a la RPCh, libres de hacerlo cuando ya no temían contrariar a los Estados Unidos.

China seguía entonces casi completamente aislada, y seguiría así hasta la caída de la “banda de los cuatro”. Solo los vuelos de algunos países “amigos” podían llegar a Pekín. El resto de los mortales teníamos que ir a Hong Kong, tomar un traqueteante tren colonial que llevaba a la frontera de Kowloon, desembarcar, cruzar a pie un pequeño puente de madera y ya, en la legendaria China, ser recibidos por un nutrido grupo de agentes y traductores. Un suculento almuerzo era servido en la estación mientras examinaban minuciosamente nuestros pasaportes. Reinaba en todo un extraño orden, que contrastaba tanto con el bullicio que habíamos dejado detrás en Hong Kong. Sentados en las tradicionales mesas redondas de la cocina china, nos mirábamos y sonreíamos sin conocernos con nuestros compañeros de viaje. Me recordaba los desayunos que nos daban las monjas en la sacristía después de oficiar como monaguillos en la misa de los domingos. Luego me confirmaría en mi impresión de que la China de Mao Zedong se parecía a un inmenso convento.

Desde Cantón volé a la fantástica capital del reino del medio, Zhongguo, como se llama China a sí misma. En el aeropuerto vino amablemente a esperarme el encargado de negocios de Argentina, Enrique Ros, que había sido advertido por los chinos de mi llegada, probablemente preocupados por la aparición de un impredecible español que el argentino sabría domeñar mejor. Inmediatamente recibí el primer embate de la burocracia china: un traductor oficial me metió en un coche que, me aseguró, la no abierta aún embajada de España había contratado ya; luego, no pude gozar de mi primera visión del paseo entre el aeropuerto y la capital pues me insistió, sin darme un minuto de respiro, en que tenía que contratarlo en el acto como traductor de la embajada, así como al conductor del coche y una lista más del personal que ya habían dispuesto.

Fue mi primera experiencia de lo que los chinos piensan de los extranjeros. Los chinos son afables, laboriosos pero muy dados a pasarlo bien,  desordenados,  fácilmente excitables, bastante anárquicos: los auténticos “latinos” de Asia. Pero no obstante nosotros para ellos no somos miembros de esa monstruosidad global que es la humanidad, sino “los otros”, extraños seres a los que solo reconocen cierta individualidad si hablan chino; esto los asciende al grado de “personas” pero sin mayor entrada a su mundo. Su misión frente a los “otros” es colocarlos en su sitio, tratarlos lo mejor posible, mientras se porten bien, y enseñarles la forma de comportarse que es, a su juicio, hacer todo lo que les dicen. Me resistí con dificultad a las reiteradas demandas del intérprete que me estropeó la llegada y acabé alojado en el Hotel Pekín, antiguo hotel francés de lujo al lado del enorme complejo del palacio imperial. Me divirtió que, al igual que en la Rusia soviética, hubiesen arrancado los bidets del cuarto de baño. Corrupción capitalista. Poco después llegaría el embajador, Ángel Sanz Briz, y sobre todo el canciller, Iñaki Preciado, que había sido contratado en Madrid por su perfecto conocimiento del chino: profesor de instituto en un pueblo navarro, había estudiado el chino durante nueve años, solamente con los discos  con los que se estudiaban las lenguas extranjeras en aquellos años. Esto solo sucede en España. En el Hotel Pekín viviríamos unos nueve meses hasta que nos encontraron alojamiento en el “Edificio de las Nueve Plantas.”, donde se hospedaban las embajadas hasta que pudieran adquirir edificio propio.

Los edificios de las antiguas legaciones en Pekín se habían establecido en el barrio que en tiempos del imperio estaba destinado a alojar a los tributarios del exterior. Me llamó la atención lo horrible que eran: edificios sin ningún gusto, de supuesto estilo europeo pero arquitectónicamente pobres, quizá debido a que en el norte de la China no hay piedra, la madera es rara y el elemento tradicional de la construcción es un ladrillo gris que abunda en todos los antiguos barrios de Pekín, los “hutongs”. Para los chinos ese “barrio de las Legaciones” era un símbolo de la humillación colonial que había padecido la nación hasta la victoria comunista y por ello no permitían que los diplomáticos nuevamente llegados fueran a recuperar esos odiosos edificios. En cambio, en las afueras, en dos barrios al oriente de la capital, habían construido dos enormes complejos: edificios grandes, medianos o pequeños, a escoger, como cancillerías de las nuevas embajadas, y apartamentos para los diplomáticos. Mientras se completaban estos edificios los recién llegados, después de su temporal estancia en el Hotel Pekín, podían ir a trabajar al “Edificio de las Nueve Plantas.”

A nosotros nos tocó la séptima planta y desde esa altura pude reconocer algo inusitado. Poco después de la victoria en 1949, Mao Zedong ordenó la eliminación de todas las “bocas inútiles”. Y, efectivamente, no se veía en toda la China ni un perro, ni un gato y ningún pájaro. Habían sido todos eliminados. Desde la séptima planta pude ver a los únicos pájaros que habían sabido superar el ukase de Mao: las inteligentes urracas.  Las veía revoloteando abajo en la calle, y apenas percibían la aparición de un humano, iban dando vuelta al edificio a su vera para escapar así a su detección. Era realmente divertido observar sus maniobras. Solo por la noche, cuando iba al aeropuerto, se veía aparecer temeroso algún can de los campesinos de aquellos campos. Cuando dejé Pekín en 1976 empezaron a aparecer los gorriones, pero ningún otro animal.

La pobreza de todo el país era tremenda. Habían pasado por la Ocupación japonesa, la Segunda Guerra mundial, la Guerra civil que empezó en 1927, y las campañas desquiciadas de Mao, la Colectivización de la agricultura, el Gran Salto Adelante y la Revolución Cultural, que habían esquilmado al país. Se estaba entonces recuperando lentamente bajo la sabia administración de Zhou Enlai, el primer ministro y fiel colaborador de Mao. Era un hombre extraordinario, de una inteligencia sin par y de la habilidad que Henry Kissinger insiste en sus memorias. Fue el único pilar sobre el que se mantuvo la China durante las convulsiones terribles de la Revolución Cultural. Pese a la enemiga acérrima de la “banda de los cuatro”, dirigidas por la mujer de Mao, Jiang Qing, Mao lo apoyó siempre, tanto porque sabía que era necesario para mantener el eje central del gobierno y la economía del país, como por la lealtad que al cien por cien le había demostrado Zhou desde la fundación misma del partido comunista en 1921.

Pese a sus orígenes de “buena familia”, que se percibían en la elegancia de su figura y de su trato, Zhou Enlai fue un auténtico y convencido comunista, como muchos chinos progresistas de su época. Tuvo la genialidad de reconocer que Mao tenía razón cuando, frente a su propio partido y los agentes de la misma URSS, insistía en que la revolución comunista no podía iniciarse en los cinturones industriales de las ciudades, que apenas si existían en un país que solo había comenzado a desarrollarse, sino en el campo donde reinaba el mayor desorden, la injusticia increíble de los “señores de la guerra”, la corrupción desalmada de los “nacionalistas” de Chiang Kai-shek, la subyeccion absoluta de la mujer, que en Occidente es tan difícil siquiera de imaginar. En la historia china las revoluciones siempre comenzaron en el campo, y durante el siglo XIX los dos grandes movimientos de los Taiping (1850-64) y los Boxers (1899-1901) no solo se originaron también en el interior rural del país sino que manifestaron unos principios sociales que los comunistas del siglo XX reprodujeron con éxito. Zhou no solo siguió a Mao en lo que los soviéticos condenaron como un movimiento agrario, no genuinamente comunista, sino que le apoyó en todos los tumultuosos años que siguieron, en la “Larga Marcha” que desde 1934 llevó a los comunistas por todo el oeste del país, escapando a las tropas de Chiang, pero bajo la bandera de ir a luchar contra los japoneses, al contrario que Chiang, y atrayendo a sus filas por esta razón a numerosos patriotas e intelectuales que se reunieron con Mao en las cuevas de Yenan. Zhou destacó en sus negociaciones con los americanos y con los nacionalistas, ganándose la confianza del general Stilwell, y fue el artífice del feliz desenlace del sensacional secuestro de Chiang.

Yuanfang Magazine

Somos una revista digital dirigida a personas intelectualmente curiosas que comparten interés por culturas diferentes, tendencias, las ideas globales, el mundo de los negocios y la empresa, la tecnología, el diseño, la gastronomía, los viajes, la literatura o el arte.

Personas en definitiva que van MÁS ALLÁ.