Lo último

Cultura

Focus

LA CHINA QUE YO CONOCÍ (1973-76). Segunda Parte

Segunda entrega del testimonio de Jaime de Ojeda, diplomático español en China (1973-1976)

Coincidiendo con el 45 aniversario del establecimiento de relaciones entre España y la República Popular China, iniciamos  bajo el título “La China que yo conocí (1973-1976)” una serie de artículos del diplomático español Jaime de Ojeda y Eiseley, que fue encargado de abrir la legación española en Pekín y de recibir, como el mismo nos cuenta, a al primer embajador Ángel Sanz Briz , esta es la segunda de las tres entregas de la que se componen esta memoria de nuestra historia reciente.

PHOTO: EAST NEWS/AFP

 En el oscuro secretismo del mundo oficial chino se percibía, sin embargo, la sorda lucha entre los partidarios de Zhou Enlai y la “Banda de los Cuatro”. No solo hubo mantenido Zhou  lo que quedaba de la Administración durante la Revolución Cultural, sino que estaba esforzándose por normalizar la situación económica, restaurando la capacidad industrial del país y especialmente favoreciendo las primeras manifestaciones del consumo. Nos paseábamos Preciado y yo por las tiendas y mercados de la capital descubriendo que el racionamiento solo continuaba como una prevención de emergencia, podíamos parar por pequeños tugurios y chiringuitos para comer alguna cosa, incluso beber el portentoso “baijiu”, y pudimos ir viendo cómo la ciudad iba lentamente recobrando los productos de primera necesidad. Un día vimos que aparecían en la gran tienda de “los cien artículos” los primeros zapatos de cuero. Hasta entonces los chinos no calzaban más que los tradicionales zapatos y botas de fieltro. Los mercados estaban bien aprovisionados: todas las mañanas, muy de madrugada, se oían y veían los carros que conducían los campesinos cargados de vituallas para vender en los mercados. Era sorprendente la manera tan artística con que los chinos exhibían las legumbres en sus puestos. No es que reinara la abundancia, pero estaba claro que la población comenzaba a sobrevivir las penurias de aquellos años.

 Los productos dependían de las estaciones. Durante el invierno los chinos depositaban en cualquier lugar libre, patios o plazuelas, altos montones de coles: se mantienen por el tremendo frio de la China del norte, y aunque las hojas del exterior se estropeen, las del interior sirven para toda la temporada. El olor a azufre de la col se percibía por todas partes, sobre todo cerca de los lavatorios públicos. Faltaban también en el invierno legumbres y cítricos. Las señoras del cuerpo diplomático llenaban durante el verano botellas con jugo de limón que protegían con una capa de aceite. Como los chinos del norte nunca han tenido ganado, porque no tienen pastos, detestan el sabor animal de la leche y los quesos: solo se encontraban en la “tienda de la amistad”, Yǒuyì Shāngdiàn, para los extranjeros, donde las dependientas vendían quesos con muchos ascos.

Fruto de la genialidad de Zhou fue no solo la visita del presidente Nixon en 1972 sino la política de establecer relaciones diplomáticas con el mundo entero, bajo el principio de no intervención en los asuntos internos, lo que le permitió incluso las relaciones con la España de Franco. Se trataba de privar así al odiado régimen de Chiang en Taiwan de su pretendida legitimidad como representante de la verdadera china. De esta manera, Pekín logró incluso ocupar el puesto de China en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas. Fue una política atrevida, que la “Banda de los Cuatro” seguía críticamente y que habría sido desastrosa para Zhou si hubiera salido mal. Salió triunfante con la extraordinaria declaración de Shanghái, por el que los Estados Unidos reconocían que Taiwan era parte integrante de China, aprovechando que los chinos de Chiang Kai Shek insistían en lo mismo, en su pretensión de volver algún día al continente.

Así pues, diplomáticos de un centenar de países comenzaron a llegar a Pekín e instalar sus embajadas. Cuando los chinos organizaban un banquete oficial, durante la visita de algún dignatario extranjero, desde el barrio diplomático de Sanlitun salía un verdadero desfile de los coches oficiales con sus respectivas banderolas en dirección al Gran Palacio del Pueblo en la plaza de Tian’anmen. Era un verdadero espectáculo en una ciudad donde no había más coches que los oficiales. En esos banquetes es donde podía apreciarse la lucha entre los partidarios de Zhou y la “Banda de los Cuatro”. Todos reunidos en nuestras respectivas mesas redondas, esperábamos la llegada del primer ministro, acogido entonces con entusiasmados aplausos de nuestros anfitriones chinos. Más aún cuando la enfermedad obligaba a Zhou a prolongadas ausencias, al aparecer de nuevo, casi inesperadamente, la emocionante recepción de que era objeto era prácticamente una manifestación política. En sus discursos el primer ministro procuraba curarse en salud: repetía con asiduidad la doctrina de Mao y en especial una afirmación que al principio me sorprendió mucho: “el estado del mundo es excelente: por todas partes reina la mayor confusión, la revolución triunfa por doquier…” Le pregunté a mi anfitrión chino si no era un error de traducción, pregunta que fue acogida con la mayor hilaridad.

El día en que murió Zhou Enlai, en 1975, la manifestación popular en su favor no tuvo límites. La “Banda de los Cuatro” procuraba silenciarla, nadie sabía en qué hospital se encontraba, pero la noticia de su muerte corrió como el fuego de boca en boca, una enorme multitud se agolpó a las puertas del hospital y luego corrieron como desalmados tras la ambulancia que llevaba el cuerpo de Zhou al edificio del palacio imperial que se destinaba a los funerales. El sentimiento popular fue algo muy emocionante. Luego durante días y días continuaban las colas y llegaban de todas las partes de China delegaciones a rendir tributo de su memoria.

Volviendo al misterio del revivir de los mercados de alimentación, nos sorprendía que pudiesen medrar cuando la agricultura había sido colectivizada en las famosas comunas. ¿De dónde salía todo este comercio espontáneo? Pedí ir a visitar a las comunas alrededor de la ciudad, y aproveché también para estudiar las comunas de regiones más alejadas durante las visitas que el Ministerio de Asuntos Exteriores organizaba para el cuerpo diplomático. Pronto observamos que durante la revolución cultural los campesinos, aprovechando el enorme desorden, el auténtico caos que reinó durante esos años, fueron recuperando sus tierras. Las comunas solo existían ya como una entidad contable: existían solo en las estadísticas de su producción, pero el centro ya no determinaba lo que debían cosechar. No se había restaurado el concepto de propiedad pero los campesinos habían dividido las tierras y se las habían distribuido  de común acuerdo por familias, y los herederos simplemente renovaban la atribución. De esta manera la agricultura china empezó a retornar después de los desastrosos resultados de su primera colectivización.

Mao Zedong fue un verdadero genio. Pese a las atrocidades que se le atribuyen, y los cientos de millones que murieron por sus sueños megalómanos, fue el que realmente creó un partido comunista de alcance nacional. Hoy en día el Partido Comunista interpreta como “errores” los trágicos desastres provocados por Mao, pero el hecho es que no solo supo, como decía antes, comprender que la revolución estaba en el campo y no en las ciudades, sino que además cautivó la conciencia del partido, y no solo por la violencia de sus métodos: supo infundir al partido y luego a toda la nación un auténtico fervor ideológico en torno a su interpretación del marxismo. Se cubrió con el manto de la guerra contra los japoneses, y su nacionalismo frente a la secular humillación que China había sufrido prendió como el fuego y es aun uno de los pilares del Partido Comunista. Hay que recordar que las concesiones extraterritoriales en Shanghai y otros puertos, amén de otras limitaciones administrativas, continuaron hasta 1949.

Edgar Snow con Zhou Enlai y su esposa Deng Yingchao, circa 1938. (fuente: wikipedia)

La convicción ideológica del partido y de una buena parte de la población era evidente. Se extendió mediante una férrea disciplina, pero ésta no habría sido posible sin la obediencia de auténticos cuadros del partido. Su ejecución, sin embargo, era muy peculiar: en un país de escala continental, compuesto de provincias inmensas con intereses a veces contrapuestos, con algún brote de independencia, el partido comunista se veía con grandes dificultades de extender su disciplina. Recurrió a la táctica que tan eficazmente supieron desarrollar durante los años de la guerra civil, cuando el Partido Comunista Chino no disponía más que de escasos recursos, pues la URSS les privó de su ayuda, especialmente de armas, por considerar a los comunistas chinos como una simple revuelta agraria; al contrario, la doctrina de Lenin favorecía a los regímenes nacionalistas y burgueses, como el de Chiang Kai Shek, que después de la independencia iniciarían la industrialización por donde surgirían las clases proletarias y revolucionarias. Por esta razón, enfrentados con un enorme ejército convencional, armado por los Estados Unidos, los comunistas tuvieron que extender, mantener o recuperar las provincias y pueblos que conquistaban mediante métodos de una gran ingeniosidad: la reforma agraria y la emancipación de la mujer, fueron sus principales armas. Este sistema continuó funcionando después de 1949 cuando el Partido se enfrentó con el gobierno de una inmensa nación en manos de colectividades muy apegadas a sus tradicionales instituciones, por muy corruptas que fueran. Ingeniaron entonces el “centralismo democrático”: Pekín decidía iniciar una campaña específica, la predicaban mediante una activa propaganda; por las calles de las ciudades, en las fábricas y hasta por todo el campo, innumerables altavoces pregonaban incesantemente la campaña. Las películas también se dedicaban a folletones sentimentales en los que salía triunfante la idea generosa de la campaña. Zhou le dijo al periodista Edgar Snow, que si quería ver cuáles eran las preocupaciones y problemas del Partido no tenía más que ir al cine.  Una vez lanzada la campaña y en andas de esa propaganda incesante, el partido recogía su efecto en las provincias y como la inmensidad y diversidad de la población es tan grande si registraban una oposición importante aceptaban sus sugerencias de cómo hacer aceptable la campaña en cuestión, y luego el ciclo volvía a repetirse hasta que finalmente pudieran imponer la campaña por la tiranía de la opinión o incluso por la fuerza cuando esta aparecía legitimada.

Yuanfang Magazine

Somos una revista digital dirigida a personas intelectualmente curiosas que comparten interés por culturas diferentes, tendencias, las ideas globales, el mundo de los negocios y la empresa, la tecnología, el diseño, la gastronomía, los viajes, la literatura o el arte.

Personas en definitiva que van MÁS ALLÁ.