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La locura como “estándar civilizatorio” entre las relaciones entre Estados Unidos y Corea del Norte

Durante los últimos meses, coincidiendo con las preocupantes tensiones entre Estados Unidos y Corea del norte, se han publicado un gran número de artículos, principalmente en los medios de comunicación occidentales, sobre la locura y crueldad del líder norcoreano Kim Jong-Un.  En un artículo publicado en Reuters titulado “The thinking behind Kim Jong Un´s madness”, un experto en asuntos norcoreanos de la Universidad Ewha Womans en Seúl comentaba como el presidente norcoreano había depuesto a un gran número de altos comandantes a los que había mandado ejecutar despiadadamente. Para este profesor, dicha maniobra política cuestionaba claramente la cordura del líder norcoreano. Sin embargo, en este momento histórico en el que nos encontramos, sería importante que nos preguntáramos de forma crítica hasta que punto dichas afirmaciones son realmente ciertas y que objetivo tienen.

Durante el auge del imperialismo europeo en la segunda mitad del siglo XIX, las potencias europeas desarrollaron un “estándar civilizatorio” que servía como demarcación entre aquellos estados-nación/imperios que tenían un rol activo en la expansión del orden internacional europeo en África y Asia y aquellos que estados y sociedades que tenían que aceptar “pasivamente” las pretensiones hegemónicas y coloniales de Francia, Alemania, Portugal o el Reino Unido.

El “estándar civilizatorio” europeo estaba formado por valores y normas que emanaban de la Ilustración europea y diversas concepciones del cristianismo occidental. Como sostiene el profesor Shogo Suzuki, las potencias coloniales sentían que tenían la autoridad moral y política para determinar las formas de vida y desarrollo de otras sociedades a través de “misiones civilizatorias” – que en muchos casos incluían grandes niveles de violencia-.

Así pues, no es de extrañar que dicho estándar estuviera constituido por las emergentes narrativas que emanaban de unas ciencias sociales fuertemente influenciadas por el “racismo científico”. El resto del mundo no-europeo era percibido como una región subdesarrollada económicamente y socialmente, habitada por “barbaros” que en muchos casos tenían un cierto punto de locura. Además, la existencia de dicho estándar servía como justificación para el aventurerismo colonial de las potencias europeas. Tales narrativas también contribuían a la deshumanización de las sociedades no europeas ante los ojos de los europeos que se beneficiaban de una manera indirecta de las ganancias del colonialismo europeo. La brutalidad de las fuerzas coloniales en el resto del mundo era compensada con ciertas concesiones sociales y económicas en las metrópolis.

Con la finalización de la Segunda Guerra Mundial en 1945, el “estándar civilizatorio” comenzó a evolucionar gradualmente de la mano de la emergente hegemonía norteamericana. La aceptación de estados-nación no occidentales a la sociedad internacional global dependía de su capacidad para integrarse en las estructuras económicas y políticas impuestas por el orden estadounidense e instituciones liberales. A finales de la década de los 80, coincidiendo con la creación del Consenso de Washington y la expansión del neoliberalismo económico, el “estándar” se readaptó a los principios que constituían el nuevo consenso promovido por Estados Unidos.

Durante los últimos años, las diversas administraciones estadounidenses, desde George W. Bush hasta Trump han utilizado dicho “estándar civilizatorio” para demarcar las relaciones entre el mundo liberal -liderado por Estados Unidos- y Corea del Norte. Bush incluyó a Corea del Norte en “el eje del mal” mientras que el presidente Trump tildó al líder norcoreano de “hombre loco”. Este intento de demarcación “civilizatoria” no se debe a los múltiples ensayos balísticos que el régimen de Pyongyang ha llevado a cabo durante los últimos meses – puesto que India también realizó pruebas de misiles balísticos capaces de transportar armamento nuclear el pasado enero-, sino a la resistencia de Corea del Norte a entrar a una sociedad internacional dominada por las estructuras políticas y económicas occidentales que pondrían en peligro la supervivencia del régimen, y por lo tanto su preciada autonomía política – un privilegio gozado por un puñado de estados-.

 La estrategia de Estados Unidos de establecer un “estándar civilizatorio” en el que Corea del Norte quede fuera de la sociedad internacional global puede tener graves consecuencias.

La representación de los líderes norcoreanos como individuos poco cabales puede llevar a un error de cálculo que podría desencadenar en un conflicto bélico entre las grandes potencias. Es importante entender que tanto Kim Jung-Un, como los dirigentes del gobierno norcoreano son actores racionales con una ideología clara – el pensamiento Juche (), una doctrina que combina el marxismo-leninista y el confucianismo-. Es decir, detrás de la realpolitik norcoreana existe una cosmovisión definida por unos intereses nacionales esbozados por el gobierno.

Así pues, nuestra falta de comprensión hacía las acciones del gobierno norcoreano no se puede ver como nuestra incapacidad de entender el supuesto comportamiento lunático de los dirigentes norcoreanos, sino más bien como resultado de nuestra propia ignorancia colectiva hacía el país asiático.  ¿Cómo es posible comprender a Corea del Norte si la gran mayoría de aquellos que la critican no hablan coreano o basan sus ataques en unos medios de comunicación eurocéntricos que ofrecen una información muy sesgada de la realidad coreana?

Por otro lado, la aceptación de un “estándar civilizatorio” podría contribuir a la deshumanización de la población norcoreana, que ante un eventual conflicto bélico correría la misma suerte que los pueblos del Medio Oriente. Es importante entender que Corea del Norte está habitada por ciudadanos que probablemente apoyen al régimen. Incluso, si consideramos que la gran mayoría se opone al gobierno y que vive en un estado de opresión permanente, deberíamos preguntarnos a quién beneficiaría una posible intervención militar liderada por fuerzas externas. El problema de dicho “estándar” es la representación de los ciudadanos norcoreanos como individuos pasivos sin agencia política, y que por lo tanto necesitan ser “rescatados” de la tiranía. Quizás, sería fundamental hacer un ejercicio de empatía y preguntarnos qué es lo que quieren los norcoreanos.

Es importante que hoy más que nunca entendamos la finalidad de los “estándares civilizatorios”. El pasado nos indica que dichos “estándares” sólo ayudaron a construir un mundo con grandes desigualdades, cuyas consecuencias son la raíz de los problemas globales actuales.  Detrás de la locura existen cálculos racionales llevados a cabo por individuos con unos intereses bien definidos – a pesar de que en ocasiones se nos presenten como acciones erráticas o no coincidan con nuestras propias ideologías-. Es crucial que los problemas políticos sin resolver en la península de Corea sean solucionados por sus poblaciones. Dichas sociedades son las que deben establecer sus propios estándares de convivencia.  Las imágenes de los atletas norcoreanos y surcoreanos desfilando juntos en los Juegos Olímpicos de Invierno muestran en el camino.

Fuentes bibliográficas:

Suzuki, S. (2009) Civilization and Empire: China and Japan’s Encounter with European International Society, Abingdon: Routledge

https://www.cnbc.com/2018/01/18/india-missile-new-delhi-successfully-tests-a-nuclear-capable-icbm.html

https://uk.reuters.com/article/uk-northkorea-kimjongun-insight/the-thinking-behind-kim-jong-uns-madness-idUKKBN1DU161

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