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El exilio tibetano: un Tíbet fuera del Tíbet.

Monjes votando en las últimas elecciones al Parlamento tibetano en el exilio (2016). Foto de AsiaNews.it

Fuera de la República Popular de China, al otro lado del Himalaya, los tibetanos han construido una realidad paralela. Después de la revuelta tibetana de 1959, el primer gran movimiento de masas contra la ocupación china del Tíbet, el Dalai Lama huyó a la India junto con alrededor de ochenta mil tibetanos. Una vez allí, estableció lo que se conocería posteriormente como la Administración Central Tibetana (CTA, por sus siglas en inglés) en la ciudad de Dharamsala (Himachal Pradesh, norte de la India), que ha ejercido como gobierno tibetano en el exilio hasta hoy.

Pero eso no es todo: una de sus primeras medidas fue otorgar un borrador de Carta, que en 1991 se convertiría en la constitución que rige la CTA. Es un texto legal de corte occidental y progresista, pues recoge conceptos como la separación de poderes (Legislativo, Ejecutivo y Judicial), el sufragio universal sin distinción de sexo (hombres y mujeres pueden votar a partir de los 18), la posibilidad de que los mayores de 25 años puedan ser elegidos miembros del Parlamento Tibetano en el Exilio (TPiE, por sus siglas en inglés) y la prohibición de que el Primer Ministro encadene más de dos mandatos.

No obstante, el exilio tibetano diverge tanto de las democracias occidentales como de la organización administrativa de la Región Autónoma del Tíbet: la representación parlamentaria se basa en criterios religiosos y geográficos: no hay ningún partido político. La composición del parlamento en su decimosexta legislatura es la siguiente: 10 diputados por cada una de las provincias históricas del Tíbet[1]; 2 por cada una de las escuelas del budismo tibetano[2], más la religión Bon[3]; 2 cada una de las principales zonas en las que la comunidad tibetana es más numerosa, Europa y América del Norte, y uno por la zona de Australasia (excepto India, Nepal y Bhutan). El comité permanente del TPiE no suele reunirse más de dos veces al año, excepto si se produce alguna circunstancia excepcional.

Asimismo, el Dalai Lama sigue siendo la máxima autoridad religiosa del budismo tibetano y, aunque la Constitución de 1991 reconoce la separación de poderes, le otorga la facultad de disolver el Parlamento si así lo considera necesario. Además, en ningún momento se cuestiona el origen “divino” del líder religioso ni que la sucesión en el cargo obedezca a criterios de reencarnación: el proceso de elección del que será sucesor de Tenzin Gyatso está perfectamente regulado, así como las funciones que deberá tener la regencia hasta que el candidato elegido no alcance la mayoría de edad.

Además, tampoco hace tanto que Gyatso se apartó totalmente del poder político: no fue hasta 2012, con la elección de Lobsang Sangay como Kalon Tripa (primer ministro), que decidió delegar en éste último el control total del gobierno. Entonces, se reformó el artículo 19 de la constitución para que Sangay pudiese pasar a ser llamado Sikyong, algo así como presidente. Sin embargo, el cambio no se ha notado demasiado a nivel internacional: a pesar de que el Sikyong realiza varios viajes al año, especialmente a los EEUU, es prácticamente un desconocido a nivel internacional.

Incluso para China, la figura de más peso sigue siendo la del Dalai Lama: no es de extrañar que alguien del Partido Comunista ponga el grito en el cielo cada vez que Gyatso es recibido por alguien con cierto poder político, o que amenace con cortar relaciones diplomáticas si lo reciben con más pompa de la debida. Evidentemente, las autoridades chinas también protestan formalmente cuando Sangay visita algún país extranjero, pero siempre lo atacan intentando reducirlo a simple enviado del líder espiritual tibetano. Tenzin Gyatso será, mientras viva, la imagen de la causa tibetana en el mundo. Una causa que ya no es (al menos oficialmente) por la independencia, sino por la “verdadera autonomía” dentro de la República Popular de China.

Recordemos que, en la Región Autónoma del Tíbet, los jerarcas del Partido intentan por todos los medios que los tibetanos renieguen de su líder, aunque tengan que llegar a usar la fuerza: no es raro oír hablar a algún funcionario local de la “camarilla” del Dalai y acusarlos de incitar al separatismo. Incluso llegaron hasta el punto de culpar directamente a Tenzin Gyatso de haber incitado las inmolaciones que se habían producido en la misma TAR y en las provincias de Sichuan, Gansu, Qinghai y Yunnan. Asimismo, las autoridades intentan fomentar el resentimiento de los tibetanos, especialmente de los monjes, hacia el Dalai Lama, aunque para ello tengan que recurrir a la reeducación.

En efecto, la relación de los tibetanos del interior de la TAR con el exterior es algo que la policía suele controlar de manera escrupulosa. No en vano, el contacto con los exiliados puede ser una vía de entrada de nuevas ideas en el Tíbet: los jóvenes que ya nacieron en la India han estado en contacto desde pequeños con un sistema que, con todos sus defectos, no deja de ser democrático; además, la gran mayoría tiene la posibilidad de conectarse a internet, por lo que puede servir de correa de transmisión de valores e ideas occidentales que, de otra manera, apenas podrían penetrar en el Tíbet bajo control chino.

Todavía queda por ver si las autoridades de dentro y fuera del Tíbet son capaces de sentarse a negociar un marco de futuro para la región.

NOTAS:

[1] Las tres provincias en las que se dividía el Tíbet antes de la ocupación china. Ü-Tsang correspondería aproximadamente a la actual Región Autónoma del Tíbet; Amdo, a la provincia de Qinghai, el noroeste de Sichuan y el suroeste de Gansu, y Kham, al norte de Yunnan y el suroeste de Sichuan.

[2] El budismo tibetano se divide en cuatro escuelas o corrientes, cada una con su propia historia y características. Éstas son Nyigma (la más antigua), Kagyu, Sakya y Geluk (actualmente la mayoritaria, a la que pertenece el Dalai Lama).

[3] Es la religión primitiva del Tíbet, que causó una influencia decisiva en el budismo tibetano.

Anna Ferrer

Anna Ferrer Gil (Les Borges Blanques, 1990). Licenciada en Historia (Universitat de Barcelona, 2012) y Máster en Estudios de China y Japón: Mundo Contemporáneo (Universitat Oberta de Catalunya, 2016), llegó aquí por accidente: no decidió especializarse en Historia Contemporánea de China hasta el tercer curso de la licenciatura. No obstante, su vocación tardía no le ha impedido ser la autora de los primeros trabajos en lengua catalana sobre la Revolución Cultural en el Tíbet y estudiar chino. ¿Por qué? Simplemente no pudo dejar escapar algo tan fascinante. Y, como no hay reto pequeño, ahora aterriza en Yuanfang Magazine con su propia sección, “Las Chinas dentro de China”. Es editora de la sección “Ideas”.

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