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Subir el volcán Rinjani. Todo un reto para los más aventureros.

El artículo de hoy va dirigido a los amantes de la naturaleza, la aventura y el senderismo. Os invito a acompañarme a subir el Rinjani, un volcán de 3.726 metros de altitud situado en la isla de Lombok en Indonesia.

En los últimos años, la popularidad del Rinjani ha aumentado con creces y es que son cada vez más los que se atreven a retar sus vertiginosas pendientes y poner todo su esfuerzo para alcanzar su cima. Aunque hay gente que sube el volcán en la ruta de un día, personalmente, recomiendo hacer la de tres días a fin de disfrutar al máximo de la experiencia.

En mi caso, la aventura empezó en Senaru, un pueblo situado a unas dos horas y media del aeropuerto de Lombok. Éramos un grupo de diez personas y allí, nos estaba esperando un guía y cuatro portadores cargados con comida y tiendas de campaña. Iniciamos la caminata a las 9 de la mañana, no antes si cargar las mochilas de varias botellas de agua, un frontal y ropa de abrigo ya que no hay que olvidar que, a pesar de que durante todo el día hace mucho calor, por la noche, las temperaturas bajan y es más que bienvenido uno que otro jersey. Las primeras horas se desarrollaron con total tranquilidad. El camino era prácticamente llano y sin grandes pendientes. A lo lejos, veíamos la cima, la cual nos parecía imposible de alcanzar. Tras algunas horas caminando, nos adentramos en una zona boscosa con pendientes algo pronunciadas. El cansancio empezó a hacer acto de presencia a medida que pasaban las horas, pero no éramos conscientes que ésa era la parte más fácil de toda la subida y que lo bueno estaba por llegar. En uno de los descansos recuerdo pararme a reflexionar sobre la precaria situación de los portadores. Éstos llegan a cargar más de 30 kilos y son pocos los que alcanzan la mayoría de edad. Sorprende verlos con chanclas y sin ningún tipo de equipamiento subiendo montaña arriba a toda velocidad.

Llegamos al campo base sobre las cuatro de la tarde. Momento perfecto para socializar con el resto de compañeros de viaje y disfrutar de la puesta de sol. Tocaba descansar ya que, en pocas horas, haríamos la cima. Eran las dos de la mañana cuando sonó el despertador. Me vestí a toda prisa, cogí mi frontal y me puse a andar con el resto del grupo cuesta arriba. A esa hora recuerdo que hacía muchísimo frío y que una camiseta térmica y un abrigo no me eran suficientes para soportar las bajas temperaturas. Pasaron las horas y las cuestas poco a poco empezaron a ser más pronunciadas. La arena volcánica no hacía más fácil el camino y es que un paso para adelante implicaban tres para atrás. En varias ocasiones estuve a punto de rendirme. Mis piernas empezaban a flaquear, pero mi deseo de alcanzar la cima pudo más y pasadas las seis de la mañana conseguí llegar al punto más alto. El día era claro y el paisaje era espectacular. Desde allí se podía ver el cráter del volcán que conforma un lago y a lo lejos, las conocidas islas Gili.

La bajada fue un poco más sencilla. En poco más de tres horas ya estaba de nuevo en el campo base. Era la hora de desayunar, hacer la mochila y seguir con la ruta establecida. El día no hacía más que empezar. Nuestro objetivo era llegar al lago a la hora de comer. Lo conseguimos, pero no fue fácil. Encontramos algunas bajadas pronunciadas que hicieron que tuviera que parar en más de una ocasión a lo largo del camino. Una vez allí, nos bañamos en las aguas termales que se encuentran cerca del lago a fin de recuperar la energía perdida después de cerca de ocho horas andando. Cerca de las 3 de la tarde pusimos rumbo a la segunda cima, ésta de 2.641 metros de altitud. Tardé cerca de cuatro horas en subirla, tiempo ligeramente superior a lo establecido. Sufrí. Porque negarlo. En algunos momentos pensé que no llegaba, pero sabía que de alguna manera debía lograrlo ya que allí se encontraba nuestro campo base. Recuerdo llegar y no tener fuerzas ni para cenar. Nunca antes había hecho tal esfuerzo y mi poco entrenamiento me estaba pasando factura.

Al día siguiente nos levantamos temprano para ver la salida del sol. Contemplamos el paisaje durante un buen rato y finalmente decidimos iniciar la etapa final, el descenso. Éste duró algo más de tres horas. Lo recuerdo interminable y es que después de tres días andando sin parar las distancias cortas ya empezaba a verlas largas. El paisaje durante ese tramo fue a mi parecer, simplemente espectacular.

Una vez de vuelta al pueblo de Senaru, recuerdo haber reflexionado sobre la experiencia. En mi caso, nunca antes había hecho un trekking de dicha dificultad y es que, a pesar de su dureza no hay nada que pueda satisfacer más que conseguir llegar a la cima y decir, lo he conseguido.

Judith Bote

Judith Bote (Figueres, 1990) Me gradué en Administración y Dirección de Empresas y realicé un máster en Comercio Internacional y Mercados Emergentes. Tras vivir dos años en Yakarta (Indonesia) me considero una apasionada del Sudeste Asiático, sus paisajes y su cultura. Recién llegada a Kuala Lumpur (Malasia), espero transmitiros toda la belleza que esconde esta parte del globo. Os animo a que leáis Huellas Asiáticas, mi blog personal.

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